Foto: Instagram: @aire_libre_zurita
Hay vidas que no se miden por los años cumplidos, sino por las huellas dejadas en el camino. La historia del andinismo ecuatoriano se viste de luto y gratitud tras la partida de Fabián Zurita a sus 92 años de edad. Más que un conquistador de cimas, Zurita fue un maestro, un educador y la brújula de más de 25.000 niños y jóvenes que aprendieron, bajo su guía, que "las verdaderas alegrías solo brotan del esfuerzo".
La relación de Fabián Zurita con la alta montaña comenzó cuando tenía penas 15 años. En diciembre de 1950, durante una excursión con el colegio San Gabriel a los Illinizas, descubrió una pasión que redefinió su destino.
“Hace más de 70 años descubrí la montaña y el fútbol se acabó para mí. En la montaña volví a nacer”, solía recordar.
A lo largo de más de 70 años de trayectoria en el andinismo, recorrió las cimas más imponentes de los Andes ecuatorianos —como el Cotopaxi, Chimborazo, los Illinizas y su entrañable Rucu Pichincha, cumbre que ascendió más de 300 veces—. Su espíritu explorador lo llevó también a cruzar fronteras, convirtiéndose en 1966 en el primer ecuatoriano en alcanzar la cumbre del Mont Blanc en Europa.
Para Zurita, subir un volcán o un nevado nunca fue una cuestión de ego o de acumular récords deportivos, sino una herramienta pedágogica y humana.
Fabián Zurita desafió siempre las etiquetas de la edad. Consideraba que la "tercera edad" no existía y en su lugar prefería hablar de la “cuarta juventud”, título que dio a uno de sus libros. Se movilizaba a pie o en bicicleta, mantenía una disciplina impecable y celebraba sus cumpleaños caminando hacia las alturas.
Su legado queda impreso en sus obras escritas (Montaña: pasión y mensaje y Ochenta: cuarta juventud), pero sobre todo en las generaciones de ecuatorianos a los que enseñó a admirar el páramo, a cuidar el planeta y a superar el cansancio en los momentos más empinados del camino.
Hoy, el andinismo ecuatoriano despide a una de sus figuras más queridas con una frase que él mismo inmortalizó entre sus alumnos cuando el cuerpo amenazaba con rendirse: “No pares, nunca dejes de caminar”.
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